COSTELLO
Diez años.
Eso era lo que había pasado desde que mi vida se había corroído como una batería vieja. Después de todo ese tiempo, aún podía recordar cada pequeño detalle. Incluso el tono amarillento de los dientes del hombre cuando se burlaba de mí, empujándome con fuerza contra la pared de ladrillos. Estaba sudando, no por miedo, sino por la humedad. El calor de agosto en Rhode Island podía poner al Diablo de rodillas.
—No creo que entiendas —dijo Romeo. Me había dicho que ese era su nom