Su piel delicada y suave era como seda bajo sus manos. Nicolás empujó su vestido hacia arriba con una mano mientras desabrochaba su propio cinturón con la otra.
—¿No decías que querías agradecerme? —murmuró con voz ronca—. ¿Qué te parece hacerlo de esta manera?
Daniela forcejeaba.
—¡No! ¡No quiero!
Nicolás sonrió con frialdad.
—Señorita Paredes, qué pragmática es usted. Entréguese a mí una vez y estaremos a mano.
Daniela estaba desesperada. No entendía por qué, si él tenía novia, la trataba de e