Valentina estaba profundamente conmovida. Nunca imaginó que Héctor y Nadia quisieran adoptarla. En realidad, siempre había sentido aprecio por ellos, y cuando los veía mimar a Luciana, no podía evitar sentir envidia.
No tener padre ni madre era el gran vacío de su vida. Y ahora Héctor y Nadia querían llenar ese vacío.
Los ojos de Valentina se humedecieron.
—¡Acepto! Señor Celemín, señora Celemín, ¡quiero ser su hija!
Héctor y Nadia intercambiaron miradas, ambos extremadamente felices. Nadia abra