No hubo respuesta.
Su padre seguía afuera despidiendo a los invitados. Sonreía con esfuerzo mientras acompañaba a don Emanuel y don Jorge a sus autos.
—Señores, sobre nuestra colaboración...
Don Emanuel miró con sorna las heridas en su rostro. —Señor Méndez, mejor busque un médico que le revise la cara.
Los ejecutivos subieron a sus autos y se marcharon.
Enojado, regresó al salón con expresión sombría y se plantó frente a Catalina: —¡Mira lo que has provocado! ¡Me has hecho quedar en ridículo!