Patricio miró la herida en la cintura de Diego y se negó —Te han apuñalado, estás perdiendo mucha sangre. No puedes ir a ningún lado, ¡ven conmigo al hospital ahora mismo!—No iré. ¡Debo encontrar a alguien!
Dicho esto, Diego salió corriendo.
—¡Eh, Diego! —Patricio solo pudo suspirar con resignación. Este muchacho era demasiado terco, tenía sus propias ideas y determinación. Ni diez bueyes podrían hacerlo cambiar de opinión.
. . .
Diego fue primero al lugar del examen. Estaba preocupado por su he