Daniela sostenía el teléfono en sus manos.—Diego, ¿estás ahí? ¿Por qué no hablas?
Diego permanecía bajo el agua fría. La voz de la chica, melodiosa y suave como el canto de un mirlo, llegaba directamente a sus oídos, intensificando el enrojecimiento de sus ojos.
Emitió un sonido ronco.
—Mmm.
Estaba ahí.
—Diego, ¿qué te pasa? Tu voz suena extraña. ¿Qué estás haciendo? —preguntó Daniela.
Diego cerró los ojos con abatimiento. Con una mano sostenía el teléfono y con la otra...
—¡Daniela! —pronunció