Diego quería apartar la mano de Viviana, pero ella lo abrazó con fuerza.—Diego, ya estamos en la habitación, ¿de verdad vas a rechazarme? ¿Acaso no me deseas?
Diego sentía que todo su cuerpo ardía, como si miles de hormigas recorrieran sus huesos. Era una sensación insoportable, y el cuerpo curvilíneo de Viviana pegado al suyo, junto con sus inquietas manos, parecían la solución a su malestar.
—Diego, de verdad me gustas mucho. Esta noche te haré sentir bien, quedémonos juntos.
Viviana exhalaba