Ahora la mantenía acorralada, ofreciéndole comprarle cosas en ese lugar solitario. Valentina sentía que parecían amantes, como si ella fuera su novia.
Irónicamente, ella era su esposa.
—No quiero ropa.
—¿Un helado entonces?
Sacó un helado. Valentina se quedó quieta al ver el helado de fresa en su mano.
—¿Cuándo lo compraste?
—Hace un momento.
La había estado siguiendo, la vio perseguir al vendedor de helados.
Ella bajó la mirada, estaba muy sorprendida.
Mateo acercó el helado a sus labios. —Prue