La finca de Bel Air llevaba su silencio como una segunda piel, esa clase de calma que solo el dinero antiguo podía permitirse mantener: sin ruido de tráfico filtrándose a través de los setos, sin vecinos lo suficientemente cerca como para oír nada, solo el murmullo bajo de una fuente en algún lugar más allá de las puertas de la terraza y el tintineo ocasional de la porcelana mientras Jena Carrasco servía un té que no tenía verdadera intención de beber.
Luna llegó sin avisar, lo que debería habe