Evangeline Olmos.
El crujido de mi vestido al deslizarse por mis hombros y caer al suelo fue el último sonido del mundo exterior que registré. La frialdad del aire acondicionado del piso presidencial golpeó mi piel desnuda, pero el frío no duró nada; el cuerpo de Maximilian Voss se presionó contra el mío, envolviéndome en un calor sofocante, abrasador y peligrosamente vivo. Mis manos se aferraron a su cuello, enterrando los dedos en sus hombros firmes mientras su boca devoraba la mía con una u