Capitulo 02

Maximilian Voss.

​Ver cómo sus piernas reaccionaban antes que su propio cerebro fue un espectáculo sublime.

Me quedé estático en medio del cubículo metálico, contemplando la transición exacta entre su indignación y su absoluta sumisión.

Cuando mi voz dictó aquella orden implacable, vi el destello de incredulidad en sus ojos claros, pero su fisionomía no pudo luchar contra la gravedad de mi autoridad.

Dio ese paso apresurado hacia el pasillo del piso doce, dócil, con los hombros tensos y la respiración entrecortada. Justo antes de que las pruebas de acero cepillado comenzaran a cerrarse, ella giró el rostro leonino, coronado por esa melena de un cobrizo encendido que parecía quemar el aire a su alrededor.

Me miró buscando respuestas, tal vez buscando una disculpa que jamás iba a llegar. En su lugar, dejé que una sonrisa ladina, cargada de una suficiencia depredadora, se dibujara en mis labios. Quería que supiera que la había doblegado. Quería que se fuera con la certeza de que su cuerpo ya me pertenecía un poco, aunque su mente intentara negarlo, aunque ni siquiera nos conocimos, su cuerpo ya me obedecía, era facinante e intrigante al mismo tiempo, estaba claro que ni ella misma había entendido que había pasado.q

​Las puertas se sellaron por completo, atrapándome de nuevo en la soledad del ascensor que ahora reanudaba su marcha silenciosa hacia el piso cuarenta.

Me apoyé contra el fondo del cubículo, exhalando un suspiro pesado que desabotonó mentalmente la rigidez de mi mañana. Joder. No recordaba la última vez que una mujer me había puesto en este estado con su sola presencia. El aroma de su piel, una mezcla ridículamente inocente de jabón neutro y una fragancia floral barata pero increíblemente limpia, flotaba todavía en el aire cerrado, mezclándose con las notas de madera y tabaco de mi propia loción. Era una combinación embriagadora.

​Ella se veía tan confundida allá afuera, tan deliciosamente perdida en su propio debate interno. La había detallado milímetro a milímetro en el espacio de esos pocos pisos. Su ropa intentaba con desesperación gritar una sobriedad que su propia genética saboteaba.

Esa falda y la camisa de cuello alto de tortuga eran un intento patético por sepultar una silueta que resultaba escandalosa para cualquiera con ojos en la cara.

Tenía unas curvas marcadas, una cintura estrecha y un pecho firme que desafiaba la soltura de la tela. Era tímida, hermosa, poseía una belleza natural que no necesitaba de los artificios del maquillaje corporativo, pero lo que realmente me había encendido era ese ramalazo de carácter.

Esa pequeña réplica que me había soltado sobre los buenos días demostraba que tenía fuego por dentro. Un fuego reprimido, sepultado bajo capas de decoro, que a mí me iba a encantar dominar. Sería la perfecta sumisa obediente por instinto, pero con el orgullo suficiente para que el proceso de romper su voluntad fuera un viaje adictivo.

​Saqué el teléfono del bolsillo interior de mi traje gris a medida mientras los números digitales del tablero ascendían rápidamente. Sabiendo que todas las citas programadas para esta mañana debían pasar por la encargada de selección, marqué directamente el número de la señora Martínez. El tono de llamada no alcanzó a completarse dos veces antes de que su voz eficiente resonara del otro lado.

​—Licenciada Martínez, buenos días. ¿En qué puedo ayudarle, señor Voss? —respondió con esa profesionalidad impecable que siempre le exigía a mi personal.

​—Martínez —hablé, dejando que mi barítono fluyera con la misma frialdad cortante con la que manejaba mis negocios—. En este momento una chica va caminando hacia su oficina para una entrevista de trabajo. No sé cómo se llama, pero se acaba de bajar en su piso. Es de cabello cobrizo. Contrátela.

​Hubo un segundo de silencio absoluto en la línea, el espacio exacto en el que la lógica de la mujer intentaba procesar una orden tan directa e inusual de mi parte.

​—¿Señor? Disculpe, pero si viene para una entrevista común, ¿quiere que salte el proceso de selección sin evaluar sus aptitudes? Tengo a otras candidatas que están mucho más calificadas para el puesto

​—Te dije que quiero que la contrate, y quiero que sea para el piso de presidencia —sentencié, interrumpiéndola sin miramientos—. La quiero como secretaria y recepcionista de mi oficina. Hoy mismo.

​—Pero... señor Voss —la señora Martínez carraspeó, midiendo sus palabras con extremo cuidado—, ¿qué hacemos con Mariana? Si Mariana ya es su secretaria ejecutiva y maneja toda su agenda de Presidencia de manera exclusiva...

​—Entonces a partir de hoy tendré dos —respondí, mi tono endureciéndose lo suficiente para marcar la pauta de que no aceptaba cuestionamientos—. Además, Mariana tiene una carga laboral excesiva últimamente; necesita algo de ayuda. Organice el papeleo de inmediato. Dele el día de hoy a esa chica para que se adapte al entorno, que Mariana le muestre las instalaciones y las dinámicas del piso cuarenta. Mañana a primera hora la hace firmar el contrato definitivo, pero exijo que se quede hoy mismo en las instalaciones. Y envíeme su currículum por correo electrónico en cuanto lo tenga en sus manos para saber con quién estoy tratando.

​—Entendido, señor. Me encargo de ello de inmediato —capituló la mujer.

​Colgué la llamada sin despedirme y guardé el dispositivo. El ascensor se detuvo con un suave pitido, anunciando mi llegada a la cumbre de mi imperio. Las puertas se abrieron y salí al pasillo de alfombra densa y paredes de cristal que daban una vista panorámica de toda la ciudad.

​Caminé con paso firme hacia mi oficina. Mariana, mi secretaria de años, una mujer impecable, madura y de una eficiencia robótica, ya estaba de pie esperándome con una tableta en las manos. Se alineó a mi costado de inmediato, siguiéndome el ritmo mientras yo avanzaba hacia el gran despacho de puertas dobles de madera noble.

​—Buenos días, señor Voss. El comité de finanzas solicita una revisión de los presupuestos del tercer trimestre a las once, y el ingeniero comercial quiere confirmar su asistencia a la cena benéfica del jueves —comenzó a desglosar con voz monótona mientras yo me adentraba en mi territorio.

​Me quité el saco del traje, colgándolo en el perchero de diseño que adornaba la esquina, y me senté detrás de mi imponente escritorio de caoba.

​—Cancele la revisión de las finanzas para la próxima semana, Mariana —ordené, abriendo la computadora portátil que reposaba frente a mí—. Encárguese de revisar las minutas pendientes y prepare los reportes de la constructora. Quiero que todo esté al día antes de que termine la tarde.

​Mariana parpadeó, un tanto sorprendida por el cambio repentino de prioridades en mi agenda, pero asintió con la cabeza, anotando las instrucciones en su dispositivo.

​—Por supuesto, señor. Me pongo con ello ahora mismo. Con su permiso.

​Hizo una breve inclinación y se retiró con paso silencioso, cerrando las puertas tras de sí. En cuanto me quedé solo, el sonido de una notificación en mi bandeja de entrada interrumpió el silencio. El correo de Recursos Humanos había llegado con los datos de la nueva adquisición. Hice clic en el archivo adjunto y el rostro de la mujer de cabello cobrizo apareció en mi pantalla, fotografiado con una seriedad que no lograba restarle ni un ápice de esa belleza perturbadora.

​Evangeline Olmos. Así se llamaba mi nuevo capricho.

​Me recliné en mi silla de piel, entrelazando los dedos debajo de la barbilla mientras devoraba los datos de su hoja de vida.

Recién graduada en la carrera de arquitectura. Mencionaba excelentes calificaciones, un portafolio que ni siquiera me molesté en abrir y algunos cursos técnicos que, supuestamente, avalaban su capacidad para desenvolverse en el ámbito administrativo. Sin embargo, mis ojos se detuvieron en la sección inferior, en un apartado casi tímido donde listaba algunas actividades extracurriculares y cursos de apoyo en su iglesia local.

​Una sonrisa oscura y genuina se extendió por mi rostro.

​—Mmmm... Más fascinante de lo que pensé —murmuré para mí mismo, sintiendo un cosquilleo de pura anticipación en las yemas de los dedos.

​Yo no creía en un Dios que todo lo ve, ni en castigos divinos, ni en leyes celestiales que limitaran los placeres de la carne. Para mí, el mundo se dividía entre los que tenían el poder de tomar lo que querían y los que eran lo suficientemente débiles como para dejarse arrebatar las cosas.

Su pequeña existencia estaba regida por la fe, por conceptos de pureza y decoro que la volvían un fruto prohibido, una criatura celestial caminando directamente hacia la guarida del lobo. Deseaba, con una intensidad que rozaba lo insano, hacerla pecar. Deseaba ser yo quien tomara esa inocencia, quien la hiciera probar el fuego de sus propios deseos reprimidos hasta que descubriera que su devoción no la salvaría de mí. Ella era, definitivamente, el reto más interesante que se había cruzado en mi camino en años.

​Cerré la computadora de golpe, sintiendo que la temperatura de mi cuerpo seguía peligrosamente elevada. Era una locura. Sabía perfectamente que lo que estaba haciendo no era correcto bajo los estándares del mundo corporativo; era la primera vez en mi vida que utilizaba mi propia empresa, la infraestructura de mi nombre y mi poder, con el único y retorcido fin de meter a una empleada en mi cama. Siempre había mantenido una línea estricta entre mis negocios y mis placeres, pero esa mujer rompía cualquier maldita regla de control que yo hubiera diseñado.

​Me levanté del escritorio y caminé hacia el ventanal, contemplando los rascacielos vecinos. No sabía con certeza qué demonios era lo que me tenía así. ¿Era su olor tan absurdamente limpio? ¿Su belleza natural libre de las máscaras de las mujeres con las que solía acostarme? ¿O esa mirada inocente que parecía rogar, de manera inconsciente, ser corrompida por mi tacto?

​Pasé una mano por mi cabello, frustrado por la falta de claridad en mis pensamientos.

Quizás debería ir al club esta noche. El club privado de la alta sociedad donde las reglas se disolvían y las sumisas sabían exactamente cuál era su lugar. Sí, tal vez ver un par de cuerpos conocidos, sometidos a mi voluntad bajo la luz tenue de los salones privados, me ayudaría a sacar este capricho de mi sistema.

Necesitaba que otra mujer me limpiara el pensamiento, necesitaba algo que me ayudara a dejar de pensar con lo que tenía entre las piernas y me obligara a pensar con la cabeza fría para gestionar los proyectos que se avecinaban.

​Pero mientras miraba el reflejo de mi propio rostro en el cristal, supe que me estaba mintiendo a mí mismo. Ninguna mujer en ese maldito club iba a borrar el impacto de la cobriza del piso doce.

​Volví a sentarme, acomodando los puños de mi camisa con una parsimonia letal.

No importa cuánto intentara racionalizarlo o cuántas noches pasara en el club buscando distracciones. El destino de esa chica ya estaba sellado desde el momento en que se atrevió a cuestionar mi silencio en ese ascensor.

La tendría. La tendría en mi cama, despojada de esa ropa holgada que pretendía ocultar lo que me pertenecía. La tendría de rodillas ante mí, suplicando por un roce, rompiendo cada uno de sus preceptos morales solo para complacer la voz que hoy la había hecho obedecer sin pensar.—Joder —susurré, sintiendo la dura y demandante respuesta de mi cuerpo ante la sola idea.

​No había habido una mujer que me pusiera así, tan al límite de mis propios impulsos, con solo su presencia de unos cuantos minutos.

La puerta de mi oficina se mantenía cerrada, pero sabía que abajo, en alguna parte del piso doce, el papeleo ya estaba en marcha. Evangeline Olmos estaba a punto de subir al piso cuarenta, y yo me iba a asegurar de que este lugar se convirtiera en su paraíso y en su más hermoso infierno.

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