Tras la cena donde Magnus había soltado la bomba del testamento y la sentencia de muerte implícita, Alexander se había refugiado en su santuario personal, un estudio acorazado en el ala oeste, donde el aire estaba filtrado y el silencio era absoluto.
Sin embargo, por dentro, Alex era un caos de cables pelados y cortocircuitos emocionales dentro de su pecho.
Se sentó frente a una estación de trabajo que no figuraba en ningún inventario de la empresa. No había aquí logotipos de Miller Global, sol