El regreso de Helena a la mansión de los Miller no se sintió como un retorno al hogar, sino como el traslado de un prisionero de guerra a una fortaleza de máxima seguridad.
El amanecer sobre Miami era de un tono rosáceo, casi sangriento, cuando la caravana de vehículos blindados cruzó los portones de hierro forjado de la propiedad en Coral Gables.
Helena, envuelta en una manta de cachemira que se sentía pesada como una mortaja, observaba el mundo a través del cristal tintado. A su lado, Magnus