El puño de Alexander contra la madera de caoba sonó como un cañonazo en la soledad del baño, un estruendo seco que hizo vibrar las paredes de mármol y sacudió los cimientos del precario autocontrol de Helena.
En ese espacio confinado, que de pronto parecía haberse quedado sin oxígeno, ella sintió que la realidad se fragmentaba. Sus ojos, empañados por un terror líquido, estaban fijos en el pequeño objeto de plástico que descansaba sobre la tapa del sanitario.
El reactivo químico acababa de comp