La elegancia del salón me golpea en cuanto cruzamos el umbral.
Lars Müller —el suizo que conocimos en la junta— nos recibe apenas entramos. Viste un traje oscuro impecable, su rostro es severo y su postura tan rígida como un soldado.
Por un segundo me preguntó si todos aquí son así. Hasta que recuerdo a la mujer que lo acompañaba en la junta.
—Bienvenidos —dice Lars sacándome de mis pensamientos, con una inclinación mínima de cabeza. La sobriedad de su presencia es suficiente para marcar e