Sigo repitiéndome lo mismo mientras me aferro al volante con los nudillos blancos, tratando de controlar la desesperación que me carcome. El mareo, la fatiga, las náuseas… tienen que ser otra cosa.
No puedo confiar en una m*ldita prueba de farmacia. Necesito algo más certero, algo que me diga que esta pesadilla no es real.
Por eso, estoy aquí, en el estacionamiento de un laboratorio privado, con las manos sudorosas y el corazón golpeando contra mis costillas. M*ldita sea esa noche.
«M*ldit