El café está tibio en mi taza, pero apenas he tomado un sorbo.
Miro el plato frente a mí. Tostadas, frutas, todo perfectamente servido, y sin embargo, el hambre brilla por su ausencia.
No sé si es por los nervios, por la rutina agotadora de organizar una boda que no pedí, o por el simple hecho de que cada día que pasa me siento menos en control de mi propia vida.
—No has comido nada —menciona mi padre.
Levanto la mirada y lo encuentro observándome desde el otro extremo de la mesa. Su expresión e