Perspectiva de Arielle
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Me despierto con un gruñido bajo en el estómago. Uno que no es precisamente hambre, es una punzada incómoda que me recuerda que, aunque quisiera quedarme en esta cama hasta que Daniel regrese del extranjero, tengo que seguir respirando. Me estiro, y mi cuello cruje con un sonido seco que rompe el silencio de la habitación. —La habitación de mi esposo—. O, al menos, eso se supone que es.
Pero esta no es mi casa. Esta mansión, con sus techos altos, molduras perfectas y el