Arielle está acostada en la cama. Su cabello desordenado, sus labios entreabiertos, su respiración se escucha agitada. Me observa con esos ojos que parecen incendiarme desde dentro, como si no le bastara con desnudarme con la mirada, como si deseara devorarme.
Y yo quiero dárselo todo.
Pero me tomo mi tiempo, como si no estuviera en el hogar de Daniel.
Y es que soy consciente del maldito bastardo que soy. Sé que no me puedo considerar una buena persona porque alguien bueno no le haría esto a su