El miedo no llegó de golpe.
Se filtró, primero fue la sensación de vacío en el estómago, como si algo invisible le hubiera arrancado el aire desde dentro. Luego el temblor incontrolable en las manos, un espasmo nervioso que no obedecía órdenes. Después el frío, subiéndole por la espalda como una advertencia antigua, heredada, primitiva.
Lía apretó el cinturón con ambas manos cuando sintió el primer impacto lejano. No fue directo, fue un aviso. El chirrido de llantas, el eco de disparos que no