Maya despertó atada.
El primer pensamiento fue confuso, torpe, como si su mente se negara a aceptar la realidad. Intentó moverse por reflejo y el dolor la atravesó como una descarga eléctrica. Un gemido se le escapó antes de poder contenerlo.
El segundo pensamiento fue dolor. Un dolor profundo, punzante, que le recorría los brazos, las piernas, el abdomen. Cada músculo le ardía como si hubiera sido golpeada una y otra vez, como si su cuerpo hubiera sido usado, lanzado, castigado sin compasión