Adrik salió del infierno literalmente. La puerta del auto volcado se abrió de golpe entre llamas y humo negro, como si el vehículo mismo lo escupiera de regreso al mundo. El calor era brutal, insoportable, una lengua viva que intentaba devorarlo. El metal ardía bajo sus manos, la pintura burbujeaba, el aire quemaba los pulmones. Aun así, salió rodando por el asfalto como una sombra que se negaba a morir.
Tenía la camisa quemada en un costado, la tela pegada a la piel. Sangre corriéndole por l