El silencio fue lo primero que la golpeó.
No el silencio real —el restaurante seguía lleno de murmullos, platos chocando, cubiertos rozando porcelana y risas apagadas—, sino ese otro, más profundo y cruel, que se le instaló en el pecho como una losa. Un silencio interno, denso, que le cerró la garganta y le apagó la voz a Lía en el mismo instante en que lo vio.
No hubo advertencia ni hubo tiempo para prepararse.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. El pulso le martilló en los oídos, el aire