Tres días.
Tres días desde que el mundo de Adrik Volkov se había inclinado peligrosamente hacia un punto que jamás había permitido: el miedo a perder.
No era un miedo histérico, no era pánico. Era algo peor, silencioso y persistente.
Un hilo tenso que se le enredaba en el pecho cada vez que pensaba en Lía.
Inglaterra amanecía gris, como si el cielo supiera que nada estaba en orden.
Las nubes bajas aplastaban la ciudad con un peso opresivo, y el vidrio del ventanal devolvía una imagen que Adrik apenas reconocía. Estaba de pie desde hacía horas, inmóvil, con la espalda recta y los hombros tensos, como si el simple acto de relajarse fuera un lujo que no podía permitirse.
No llevaba chaqueta. La camisa negra estaba arremangada hasta los codos, revelando los antebrazos marcados por viejas cicatrices. El reloj de acero seguía marcando el paso del tiempo, puntual, indiferente.
El vaso de café en su mano estaba frío desde hacía horas. No lo había probado.
Su reflejo en el cristal parecía el d