Tres días.
Tres días desde que el mundo de Adrik Volkov se había inclinado peligrosamente hacia un punto que jamás había permitido: el miedo a perder.
No era un miedo histérico, no era pánico. Era algo peor, silencioso y persistente.
Un hilo tenso que se le enredaba en el pecho cada vez que pensaba en Lía.
Inglaterra amanecía gris, como si el cielo supiera que nada estaba en orden.
Las nubes bajas aplastaban la ciudad con un peso opresivo, y el vidrio del ventanal devolvía una imagen que Adrik