Las alianzas entre familias como los Volkov y los Kazán no nacían de la confianza. Nacían del cansancio.
De demasiados años perdiendo dinero por orgullo, hombres por rencor y territorios por guerras que ya nadie recordaba cómo habían empezado. Cuando la sangre derramada dejaba de tener sentido, lo único que quedaba era el cálculo frío y eso, para monstruos bien vestidos, era suficiente.
Lo que comenzó como una invitación incómoda y una fiesta cargada de miradas hostiles, terminó —como casi todo