Las alianzas entre familias como los Volkov y los Kazán no nacían de la confianza. Nacían del cansancio.
De demasiados años perdiendo dinero por orgullo, hombres por rencor y territorios por guerras que ya nadie recordaba cómo habían empezado. Cuando la sangre derramada dejaba de tener sentido, lo único que quedaba era el cálculo frío y eso, para monstruos bien vestidos, era suficiente.
Lo que comenzó como una invitación incómoda y una fiesta cargada de miradas hostiles, terminó —como casi todo en ese mundo— en una sala cerrada, con documentos legales, whisky caro y amenazas dichas con educación.
La mesa era larga, de madera oscura. Demasiado pulida para no haber sido testigo de pactos peores.
Viktor Kazán hablaba como si ya todo estuviera decidido, como si nadie en esa sala pudiera contradecirlo sin pagar el precio.
—La empresa se llamará KZ International Holdings —anunció, deslizando una carpeta hacia el centro—. Discreta, internacional, intachable ante los ojos correctos.
Vladimir