El silencio después de la guerra no era paz.
Era un vacío denso, incómodo, que se instalaba en los huesos y hacía que cada respiración doliera un poco más de lo normal. No había explosiones, ni gritos, ni órdenes cortantes. Solo un silencio que no consolaba, que no prometía nada. Lía lo sintió desde el primer momento en que dejó de llorar en brazos de Adrik. Cuando las lágrimas se agotaron, cuando el cuerpo ya no tuvo fuerzas para temblar, lo que quedó fue algo peor: culpa.
Una culpa espesa, silenciosa y persistente.
No era una culpa ruidosa, no pedía castigo inmediato. Era de esas que se sientan contigo, que te acompañan incluso cuando cierras los ojos. De esas que te susurran y si hubieras elegido distinto, y si hubieras escuchado antes, y si no hubieras creído.
La llevaron lejos del caos, a una de las propiedades seguras de los Volkov, pero los últimos días estaban siendo borrosos para ella. Lía recordaba fragmentos: el tacto firme de una mano en su espalda, una manta cubriéndole l