La copa de cristal estalló contra la pared antes de que nadie pudiera detenerlo.
—¡Malditä sea! —rugió Leo, caminando de un lado a otro del despacho—. ¡Los Volkov están cerrando rutas que ni siquiera saben que nos pertenecen!
Sus hombres permanecían en silencio, tensos. Nadie se atrevía a interrumpirlo cuando entraba en ese estado. El despacho era amplio, elegante, con ventanales que daban a jardines perfectamente cuidados, pero el aire estaba cargado de tensiones y peligro.
—Tres socios pidieron tiempo —continuó—. ¡Tiempo! ¿entienden lo que eso significa? Cuando alguien pide tiempo es porque ya está pensando en huir.
—No saben que somos nosotros —se atrevió a decir uno de los hombres—. Están presionando a ciegas.
Leo se detuvo en seco. Sus ojos, oscurecidos y encendidos, se clavaron en él.
—Eso es lo que más rabia me da —dijo con voz baja—. Sin saber quién está detrás, sin conocer el rostro del enemigo, ¡Nos están llevando al límite!
Apretó los dientes.
Adrik Volkov no tenía idea de