La copa de cristal estalló contra la pared antes de que nadie pudiera detenerlo.
—¡Malditä sea! —rugió Leo, caminando de un lado a otro del despacho—. ¡Los Volkov están cerrando rutas que ni siquiera saben que nos pertenecen!
Sus hombres permanecían en silencio, tensos. Nadie se atrevía a interrumpirlo cuando entraba en ese estado. El despacho era amplio, elegante, con ventanales que daban a jardines perfectamente cuidados, pero el aire estaba cargado de tensiones y peligro.
—Tres socios pidier