La madrugada se sentía más oscura que otras veces.
Adrik Volkov no había dormido y no lo haría. El reloj marcaba horas que no sentía y minutos que no contaba. En la sala de estrategia, las luces permanecían encendidas, frías, implacables, como los rostros de los hombres que lo rodeaban. Vladimir había cambiado el cigarro apagado por otro igual de intacto entre los dedos; Mikhail hablaba en susurros por líneas cifradas; Damir revisaba mapas, rutas, nombres, conexiones que parecían no llevar a ni