Sin más que hacer, Adrik abrió la llamada y con voz gruesa contestó:
—¿Padre?
Del otro lado se escuchó una voz dura, envejecida por la violencia, pero inconfundiblemente paternal.
—A mis oídos ha llegado la noticia de que mi hijo tiene una prometida.
Adrik cerró los ojos con fuerza. Por eso su padre era el líder supremo. A Vladimir Volkov no se le podía ocultar nada; tarde o temprano se enteraba de absolutamente todo.
—He organizado una fiesta con todas las casas con las que tenemos alianzas. Quiero que traigas a mi nuera esta noche.
Y sin darle oportunidad de responder, la llamada se cortó.
Adrik bajó la mano lentamente, mirando la pantalla que había dejado de brillar. Nikolai lo observaba, tenso, con la mandíbula apretada. Los dos sabían lo mismo: cuando Vladimir Volkov daba una orden el mundo se arrodillaba. Incluso su propio hijo.
—¡Carajøs! —gruñó Adrik, pasándose la mano por el cabello suelto—. Ella no está lista para esto. ¡Ni siquiera toleró que castigara al malditø que