Había pasado una semana desde la fiesta, pero para Lía Morgan, los recuerdos de aquella noche seguían tan vivos como el fuego que Adrik llevaba en la mirada.
Recordaba con una claridad dolorosa la tensión en el salón, las risas roncas de los hermanos Volkov, la furia silenciosa de Carlota y, sobre todo, el instante exacto en el que Adrik, con voz dura y gélida, le dejó muy claro a la pelirroja que jamás sería su esposa.
“Lía es la única mujer con la que me casaré. La única.”
Esa frase ardía todavía en su mente y sin darse cuenta, una sonrisa suave se le escapó mientras acomodaba una de las almohadas del inmenso y frío dormitorio que ahora compartía —Todas las noches— con Adrik Volkov. Una sombra se movió detrás de ella.
—¿Por qué sonríes? —gruñó con esa voz gruesa que le recorría la columna como una caricia oscura.
Lía levantó la mirada y lo encontró recargado contra el marco de la puerta, camisa negra arremangada y cabello ligeramente despeinado. Sus ojos dorados la estaban devo