—No estoy negándome. Es que toda mi fortuna no alcanza ni para comprar una de estas esmeraldas... —Billy sacudió la cabeza con una sonrisa amarga.
Su interior estaba completamente destrozado. Después de pasar casi toda su vida en la industria de las esmeraldas, había sido humillado por un tonto jovencito.
—¿Y entonces, para qué demonios apostaste si no tenías dinero? —le regañó Faustino, algo molesto.
Se sentía como si le hubieran dado falsas esperanzas.
—Faustino, no te enojes. Es cierto que