De repente, una idea cruzó por la mente de Faustino.
—Larisa, tengo una idea, cuando me enseñes a leer en un rato, ¿podrías sentarte sobre mí?
—¿Ah? ¿Por qué querría sentarme encima tuyo? —preguntó Larisa de inmediato, con una mirada recelosa.
—Es que ahora tengo un poco de sueño y temo no poder concentrarme bien cuando me enseñes. Si te sientas sobre mí, el peso me mantendrá más despierto. Además, si estás más cerca, te escucharé con mayor claridad —mintió Faustino con descaro.
—¿En serio? —Lar