—¡¿Faustino?!
Al escuchar su voz, Ximena abrió los ojos y, al ver a Faustino corriendo hacia ella, exclamó llena de alegría.
—¡No tengas miedo, Ximena! ¡Vine a defender tu honor!
Apenas terminó de hablar, Faustino ya había llegado frente a Alejandro y le sujetaba con firmeza la mano que había levantado.
Su velocidad fue tal que incluso provocó una ráfaga de viento.
—Muchacho, ¿quién te crees que eres para meterte en los asuntos de Alejandro?
Humillado frente a tanta gente, Alejandro, con el rost