—Jajaja, Anacleto, no abuses tanto. Hasta un perro acorralado salta el muro. ¿Y si se enfurece y te muerde?
Un joven de edad similar golpeó el hombro de Anacleto riendo.
—Esto no cuenta como abuso. No le he puesto la mano encima, y aunque lo hiciera, ¿qué importa? Solo es otro pobretón. Si lo dejo lisiado, solo tendré que pagar algo de dinero y listo.
—Los pobres no valen nada —se río Anacleto descaradamente.
—¡Anacleto, no te pases!
—¡Discúlpate con Faustino y págale por la ropa!
Larisa, con la