MARION
El salón de baile ya bullía con apretones de manos, tintineo de copas de champán y conversaciones refinadas sobre fusiones y legados. Había hecho mis rondas, saludado a los inversores, me había codeado con viejos amigos de la familia e incluso había disfrutado de las interminables presentaciones de mi madre.
Pero nada de eso importaba.
Porque en cuanto cruzó esas puertas, el aire cambió.
Estaba hablando con Marcel, con Cyprian y Mikhail de pie cerca de nosotros, cuando sentí el repentino cambio en la sala. Te dije que su aroma lo hace todo. Fresa. Desde donde estaba, a casi tres metros de ella, aún podía olerla.
Demetria.
Fuego salvaje.
Se movía con una tranquila seguridad, su vestido negro ondeando como humo alrededor de sus piernas, sus tacones marcando un ritmo que hacía girar cabezas, pero ninguna como las mías. Las lámparas de araña del techo captaban el brillo de su piel, el sutil brillo de sus labios, el fuego que siempre llevaba consigo, lo admitiera o no. Apreté la man