—¡Ella estuvo aquí! —le aseguré a mi padre que me observaba con viva aflicción.
—¿Quién Victoria?
—La joven del invernadero… Estefanía.
Mi padre no supo qué decirme, por un momento su rostro manifestó dolor, logrando que el sigilo hiciera apto de presencia.
—Victoria, fue solamente un sueño —dijo por fin, colocando su mano sobre la mía; ese gesto fue una sensación agradable. No quise llevarle la contraria ni mucho menos tratar de convencerlo sobre mi visión, pero para mi sorpresa no desvío el