—¡Bienvenida! —oí que susurraba, mi piel se erizó y un olor a peste y muerte penetró por todo el cuarto. Tomé entre mis manos la pulsera que hasta entonces me había servido para protegerme. Pero esa protección ya no era suficiente. Tal como me lo había dicho Arturo: Ese amuleto que cargas no te servirá de mucho. Desgraciadamente, muy tarde comprendí sus nefastas advertencias. Arturo era un demonio de fuerza menor comparado con el que me tocaría enfrentarme.
El señor de la noche había decidido