De repente, el niño que había visto en la habitación junto a él apareció nuevamente bajo mis pies que no estaban en el suelo, él lo miró.
—Vamos trepa —le ordenó con cariño.
La repulsión y el espanto se apoderaban de mí. El engendro se aferró a una de mis piernas y comenzó a gatear sin caerse.
—¡Aléjalo de mí! ¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme!
Aquellos llamados de auxilios quedaban ahogados en el ruido de la tormenta. El hombre continuaba sosteniéndome ahogado en risas.
—Sigue subiendo, entra en ella.