El corazón de Bianca latía con tanta fuerza que sentía que iba a estallar en su pecho, un tamborileo incesante que le hacía doler las costillas. Aún podía oír las risas asquerosas de aquellos hombres resonando en su mente como ecos malignos, pero lo que más la perturbaba no era el intento de asalto, con sus manos mugrientas arañando su ropa, sino ese nombre que le ardía como fuego en la sangre: Alexander Moretti. Era un secreto que la quemaba por dentro, un lazo de sangre que la aterrorizaba y