Mundo ficciónIniciar sesiónSusy estaba furiosa. Caminaba de un lado a otro en su habitación, pensando en cómo salir de aquel lugar. Juan Del Pino era capaz de hacer cualquier cosa por dinero, y si se le había metido en la cabeza casarla, nada lo haría desistir. Sin perder tiempo, fue hasta la ventana y la abrió; se asomó y comprobó que estaban en un segundo piso, un poco alto, pero decidió arriesgarse: era morir en el intento y escapar, o quedarse allí y cumplir los caprichos de ese miserable. Ella nunca cedería a su chantaje.
Susy se deslizó con cuidado por la ventana, intentando no hacer ruido. El frío de la noche le calaba hasta los huesos, mientras aferraba las manos a las ásperas piedras de la fachada. Pero de repente, su pie se enganchó en una de las protuberancias del muro, y Susy se precipitó al vacío.
El impacto contra el suelo fue brutal, y su tobillo crujió con un sonido siniestro. Un dolor agudo la invadió, haciéndola gritar con todas sus fuerzas. Sus alaridos reverberaron en la oscuridad, alertando a los hombres de Juan Del Pino, quienes corrieron hacia ella con linternas en mano.
Al verla tumbada en el suelo, sollozando de dolor, la recogieron entre sus brazos y la llevaron de vuelta a la casa. Susy continuaba gritando, suplicando que la dejaran ir, pero su abuelo parecía no tener piedad alguna.
—Enciérrenla en el cuarto oscuro, de allí no podrá escapar —ordenó.
—Llévenme a un hospital, este dolor es insoportable —suplicó Susy.
Juan la miró con frialdad.
—Esas son las consecuencias de la desobediencia.
Los hombres la agarraron por los brazos y la arrastraron por el pasillo oscuro y húmedo hasta una habitación lúgubre y tétrica. Era tan pequeña que apenas había espacio para moverse, y el olor a humedad y suciedad era asfixiante. La única ventana que tenía estaba tapiada con tablas de madera y no entraba ni un rayo de luz. Susy se encontró en un lugar frío y desolador, con el dolor agudo en el tobillo fracturado y una angustia que la invadía por completo.
Mientras ella yacía en aquella habitación oscura, con el dolor agudo en la pierna, se aferraba a la idea de proteger a su bebé. En contraste, Adriel se encontraba sumido en la rabia y el resentimiento: su ego herido no podía soportar la idea de que Susana lo hubiera dejado. Como un rey tirano, ordenó a su personal y familiares que nunca mencionaran su nombre nuevamente.
Esperanza, a quien Susy consideraba su mejor amiga, en realidad ocultaba un oscuro deseo por Adriel y envidiaba la relación que Susana tenía con él. Por tal motivo, ella no dudó en ir a la casa de Adriel y distorsionar la verdad sobre la partida de la chica, asegurando que se había ido por cansancio en la relación y sembrando la duda de que quizás había encontrado a alguien más. Todo esto alimentaba el ego lastimado de Adriel, quien estaba profundamente enamorado de Susy y nunca había experimentado que alguien lo dejara.
☾🌹☽ ───── ☾🌹☽
A la mañana siguiente, la puerta chirrió mientras Juan Del Pino entraba a la habitación, iluminada por la luz matutina que se colaba por la ventana. Susana, casi desmayada del dolor, se sentó como pudo. Juan la miró con una sonrisa irónica mientras caminaba hacia ella.
—Espero que esta noche te haya servido para recapacitar —dijo, con el tono repleto de ironía—. Hoy llegará Horacio Belmonte para finiquitar el compromiso y planear la boda. Espero que aceptes gustosa, o si no... te pudrirás aquí.
Susana lo miró con furia, los ojos brillando con determinación.
—Para tu información, Juan Del Pino —Susy dijo su nombre con asco—, no voy a casarme con ese mequetrefe idiota al que intentas estafar. Primero, porque no me da la gana, y segundo, porque estoy embarazada.
Juan la miró con odio y le dio una fuerte bofetada, haciendo que su cabeza golpeara contra la pared.
—Ya decía yo que eras igual a la zorra de tu madre, pero no creas que ese bastardo que llevas en tu vientre me va a detener de cumplir mis planes. Hoy mismo nos desharemos de ese problema.
Los hombres de su abuelo entraron en la habitación y la arrastraron fuera de la casa; la llevaron al hospital central de la ciudad.
Susy estaba en un estado de dolor insoportable, y cada vez que intentaba hablar, sus quejidos eran ahogados por la mano de Juan. Pero a pesar de sus intentos, un médico se acercó y se dio cuenta de la magulladura en su pierna. La tomó en brazos y la llevó rápidamente a una sala de emergencias.
Mientras tanto, Juan se sentó en una silla, con la mirada perdida y la boca apretada, maldiciendo al médico por llevarse a Susy.
Juan estaba furioso: su plan de llevar a Susy a un médico amigo suyo para practicarle un aborto se estaba retrasando. Pero no podía hacer nada para evitar que la atendieran en otra sala, así que se quedó allí, impotente y lleno de rabia.
Sabía que cada minuto que pasaba se acercaba más el momento del encuentro con Horacio Belmonte, y que Susy podría revelar su embarazo. Pero en ese momento, su única preocupación era encontrar la manera de interrumpir el embarazo antes de que fuera demasiado tarde.
Susana exhaló un suspiro de alivio mientras el médico le inyectaba los calmantes que comenzaron a hacer efecto en su cuerpo, reduciendo el dolor agudo en su pierna. Mientras tanto, el doctor revisó con cuidado su lesión y descubrió que, aunque no era de gravedad, requería una escayola para mantener la pierna inmovilizada.
Pero lo que realmente preocupaba a Susana era la vida de su bebé. Sabía que estaba en peligro inminente y que su única posibilidad de sobrevivir era librarse de Juan Del Pino. Con lágrimas en los ojos, le contó al médico toda la verdad acerca de su situación, rogando por su ayuda en el asunto. El médico, conmovido por la historia de la chica, prometió ayudarla.
El hombre montó a Susy en una silla de ruedas y la guió por un pasillo oscuro y silencioso, tratando de evitar a Juan y a sus secuaces. De repente, algo llamó la atención de Susana, algo que hizo que su corazón latiera más rápido y que sus sentidos se agudizaran. Adriel estaba allí, con una mujer hermosa recostada en su hombro mientras él le rodeaba la cintura con el brazo. Susy no podía dejar de observarlos, y conforme se acercaban, la figura de la mujer se hacía cada vez más nítida ante sus ojos. Pronto, Susana se dio cuenta de que la mujer que coqueteaba con el hombre que amaba era alguien muy cercana a ella, alguien que nunca hubiera imaginado. El dolor se apoderó de su cuerpo, y las lágrimas comenzaron a brotar en sus ojos, mientras sus manos temblaban de rabia y frustración. Si no hubiera estado en aquella difícil situación, se habría acercado y los habría abofeteado a los dos. El corazón de Susy se rompió en mil pedazos al ver al hombre que amaba junto a su mejor amiga.







