Mundo ficciónIniciar sesiónAunque me caiga mil veces, siempre me levanto con la misma sonrisa. Y si eso no funciona, ¡pues me tomo un buen café y sigo adelante!
Juan del Pino era un hombre de esos que no se andan con miramientos: su ambición no tenía límites, y su único objetivo en la vida era amasar más y más riquezas. No había corazón en su pecho, solo una piedra fría y desalmada que lo movía a tomar las decisiones más crueles e inhumanas. Así que cuando decidió buscar a su nieta, no fue por algún noble sentimiento paternal, sino por puro egoísmo. Sabía que detrás de su búsqueda había un lucrativo negocio que solo lo beneficiaría a él, y que no importaba a quién tuviera que pisotear o herir en el proceso. Juan del Pino no era un hombre al que le importara el dolor de los demás, solo su propia satisfacción y su ansia insaciable de poder.
Los hombres llevaron a Susy hasta la mansión de los Del Pino, un lugar que había sido su hogar en algún momento. La casa estaba cubierta de enredaderas y la entrada estaba cerrada con una enorme puerta de hierro que chirriaba al abrirse. La joven se sintió como una presa siendo llevada a la guarida del cazador, y su corazón latía con fuerza en el pecho mientras se adentraba en la oscuridad de la mansión.
Ella observó con los ojos vidriosos la majestuosa propiedad que alguna vez había sido su hogar. Las altas columnas de mármol blanco la hacían sentir diminuta. Las memorias del pasado inundaron su mente, recordando la risa de su madre mientras la perseguía por los pasillos para que comiera, y la mirada amorosa de su padre mientras le leía cuentos en el jardín. El aroma de las flores que adornaban la entrada y la brisa cálida de la noche hicieron que una lágrima rodara por su mejilla. Todo aquello parecía tan lejano, tan distante de su realidad actual.
La llevaron arrastrando hasta la presencia de Juan del Pino, quien la esperaba sentado en una enorme silla que parecía un trono de madera tallada. Él tenía una expresión de impaciencia en el rostro. Susana se dio cuenta de que su abuelo había envejecido notablemente desde la última vez que lo vio: su rostro arrugado y sus ojos cansados indicaban que los años no habían pasado en vano.
—Así que aquí estás, mujercita —dijo el hombre con voz altiva y arrogante.
—¿Para qué me has traído aquí, a mi casa? ¿Acaso te ha remordido la conciencia? —preguntó Susy con ironía—. Ah, se me olvidaba, es que tú no tienes conciencia.
Juan soltó una sonora carcajada.
—Esta nunca ha sido tu casa. Esta propiedad siempre le ha pertenecido a los Del Pino, y dudo que tú lleves nuestra sangre, con lo puta que era tu madre.
—¡Cállate! No vuelvas a hablar así de ella, mi madre era una mujer intachable —gritó Susana, presa de la rabia—. Aunque te duela, por mis venas corre tu sangre maldita, y todo lo que está aquí me pertenece.
Juan la miró con desdén.
—Eso ya no tiene importancia —respondió con indiferencia—. Ya que dices que eres una Del Pino, entonces debes trabajar en función de esta familia y ensanchar nuestra fortuna.
Susana lo miró sin comprender lo que decía.
—Tú estás loco si piensas que voy a hacer algo por ti, o por los parásitos que tienes por familia.
—No te confundas, mujercita —respondió Juan con tono frío—. No te estoy pidiendo un favor, estoy exigiendo que hagas lo que te corresponde por derecho.
Susana se acercó a él con determinación.
—No voy a ser un títere en tus manos, Juan. No voy a hacer lo que me digas solo porque compartimos un apellido.
—Serás mi títere porque yo lo digo, y te he traído a mi casa —dijo el viejo, haciendo hincapié en la última frase— únicamente para que te comprometas con Horacio Belmonte mañana por la noche y en una semana te casarás con él.
Susy lo miró sin poder creerlo.
—¡Esto tiene que ser una broma! —dijo Susana, riéndose—. ¿No pensarás que voy a obedecerte?
Juan ya no estaba tan sereno como al principio.
—Lo harás, es una orden.
—No te equivoques, Juan, no tienes ningún derecho sobre mí —respondió Susana con firmeza, enfrentándolo con la mirada—. No puedes obligarme a hacer algo que no quiero.
El viejo la miró con desprecio.
—No me hagas reír, niña. Siempre has sido una mimada, sin saber lo que es trabajar duro para ganarse la vida. Ahora tienes una oportunidad de asegurarte un futuro con un buen partido, y la estás desaprovechando.
Susana se acercó aún más a él.
—No necesito un hombre para asegurarme un futuro. Soy capaz de valerme por mí misma y hacer mi propia vida.
Juan frunció el ceño.
—No permitiré que arruines los planes que he hecho para ti. Mañana conocerás a Horacio Belmonte, y en una semana te casarás con él. Es lo que te corresponde por ser una Del Pino.
—No me casaré con nadie por obligación. Si decido casarme, será porque lo deseo.
Juan bufó con desdén.
—Ya veo que no entiendes nada. No tienes elección, y si no lo haces, habrá consecuencias.
Susana no retrocedió.
—No me asustas.
Juan miró a sus hombres y les dijo:
—Enciérrenla, para que entienda quién es el que manda aquí.
Los hombres se acercaron y la agarraron.
—No me importa que me encierres, porque no me vas a doblegar.
—Eso lo veremos, zorrita. Eso lo veremos.







