Mundo ficciónIniciar sesión"A veces siento que la vida me está poniendo a prueba, pero no voy a dejar que me derrote".
Susy estaba agradecida por la suerte que había tenido de encontrar a Javier, el médico que la sacó del hospital. Él fue como un ángel que le tendió la mano en su momento más oscuro. Además de liberarla de aquel infierno, el doctor le entregó dinero para sobrevivir y una tarjeta con el nombre de una familia que vivía alejada de la ciudad.
Era un pequeño pueblo rodeado de montañas y campos de cultivo. La brisa fresca y el olor a tierra mojada inundaban sus sentidos, haciendo que se sintiera viva. La casa de la familia se encontraba en lo alto de una colina, rodeada de una valla de madera, con un camino de piedras que llevaba a la entrada principal. Dentro, una sala amplia y rústica combinaba muebles de madera y paredes de piedra. Había un gran sofá de cuero donde, por las tardes, se sentaba a descansar y disfrutar de su comodidad. A su alrededor había estanterías llenas de libros y objetos antiguos, lo que hacía que el lugar pareciera una casa de campo de otra época.
La familia que la recibió era muy acogedora, un matrimonio mayor con varios hijos y nietos que venían de vez en cuando a visitarlos. Habían preparado una habitación para ella, decorada con tonos cálidos y una cama grande y cómoda. Desde la ventana, Susy podía ver los campos de maíz y las colinas verdes.
La finca era un lugar tranquilo, pero no faltaba el trabajo duro. Susy se levantaba temprano y ayudaba con las tareas diarias: alimentaba a los animales, ordeñaba las vacas y recolectaba los huevos de las gallinas. Aprendió a montar a caballo y ayudaba a cuidarlos, cepillándolos y limpiándolos. En los momentos libres, se sentaba bajo un árbol a disfrutar del paisaje, escuchando el canto de los pájaros y el sonido de las hojas movidas por el viento.
Mientras trabajaba, su barriguita crecía y ella pensaba en su bebé, su mayor incentivo para seguir adelante. Agradecía a Javier por haberle dado la oportunidad de vivir en un lugar tan maravilloso, y a la familia por acogerla sin conocerla. La granja se había convertido en su hogar, un lugar donde encontró la paz y la esperanza.
Pero muchas veces, en la soledad de su habitación, se encontraba sumergida en sus pensamientos, dejándose arrastrar por la corriente de los recuerdos. Cerraba los ojos y dejaba que su mente volviera a aquellos momentos en los que se sentía tan feliz. Recordaba el aroma del perfume de Adriel mezclándose con el suyo, creando una fragancia única que solo pertenecía a ellos. Recordaba la suavidad de su piel al acariciarla, la forma en que sus manos se entrelazaban y cómo sus miradas se cruzaban en la calidez de un abrazo íntimo. Su sonrisa era capaz de calmar la tormenta que había en su corazón y de hacerle olvidar todas las penas. No podía evitar que el corazón le latiera con fuerza al recordar todo lo que habían compartido. Por más que intentara alejarlo de su mente y odiarlo por su traición, sus sentimientos eran tan intensos que no podía olvidarlo. Cada beso y cada caricia que habían compartido seguían latentes en su corazón, a pesar de todo lo sucedido.
En las tardes, cuando los rayos dorados del sol comenzaban a desvanecerse, Susana salía a dar un paseo por el campo. Con cada paso que daba, se sentía más cerca de su bebé, que crecía dentro de su vientre. Le hablaba suavemente, como si el pequeño pudiera entender cada palabra que decía, contándole todo lo que veía y lo que sentía. Le hablaba de los caballos que pastaban en el prado cercano, de su pelaje suave y su mirada dulce. Le hablaba de la libertad que sentía cuando montaba en ellos, de cómo el viento le revolvía el cabello y le acariciaba la piel. Aunque a veces era difícil, se prohibió llorar. No quería que ninguna de sus tristezas afectara a su bebé; quería que creciera rodeado de amor y felicidad. Deseaba con todas sus fuerzas que el niño no tuviera que pasar por ninguna de las penurias que ella había tenido que soportar en su vida.
Los meses se habían escurrido como agua entre los dedos de Susana y, casi sin darse cuenta, llegó una noche en que los rayos de la luna iluminaban el cielo y el aroma a comida se mezclaba con la frescura del aire nocturno. Estaba reunida con la familia para celebrar el cumpleaños de uno de los empleados, cuando un dolor intenso se apoderó de su vientre. De repente, un líquido cálido se deslizó por sus piernas, señal de que su bebé estaba por llegar. Con la ayuda de algunos de los presentes, la llevaron al hospital más cercano, donde la atendieron de inmediato y la trasladaron a la sala de parto. La emoción y el miedo se mezclaban en su interior mientras se preparaba para dar a luz a su pequeño.
Mientras tanto, en la ciudad, en una sala repleta de periodistas y fotógrafos, Juan Del Pino se encontraba rodeado de micrófonos y cámaras, con una sonrisa socarrona dibujada en el rostro. Los flashes de las cámaras iluminaban su figura, mientras los reporteros no dejaban de acosarlo con preguntas sobre su nieta Susana. A pesar de la insistencia de los periodistas, Juan no daba ninguna información clara sobre el paradero de la joven. El ambiente estaba cargado de tensión y de la presencia de los guardaespaldas que rodeaban al empresario.
La sala de conferencias estaba llena de periodistas hambrientos de noticias sensacionales; sus cámaras y micrófonos apuntaban al hombre de negocios más poderoso del país. Juan Del Pino, sentado en una silla alta detrás de una mesa cubierta de papeles y archivos, parecía disfrutar de la atención. Su traje negro y su corbata roja brillaban bajo los focos.
El ambiente era tenso: el silencio solo era interrumpido por el ruido de los flashes de las cámaras y la tos de alguno de los asistentes. El hombre estaba allí para hablar sobre su hijo, Franco Del Pino, pero de lo único que todos querían hablar era de Susana Del Pino.
Con una sonrisa maliciosa en los labios, Juan Del Pino decidió responder a las preguntas. Sin piedad, anunció que ya no tenía relación con su nieta, a la que calificó como una desgracia para la familia, una oveja negra que no merecía llevar el apellido de los Del Pino.
El impacto de sus palabras fue evidente: la sala entera quedó en silencio por unos instantes, y luego se escuchó un murmullo de desaprobación. Las cámaras no dejaban de enfocar al hombre que seguía hablando, expresando su ira y desprecio por la joven que se había atrevido a deshonrar a la familia.
Una vez que terminó la rueda de prensa, Juan Del Pino se marchó a su lujosa oficina en el centro de la ciudad, rodeado de elegantes muebles y una impresionante vista de los rascacielos que se alzaban a lo lejos. El sonido constante del tráfico en las calles se filtraba a través de los cristales de las ventanas, pero él apenas lo notó, porque estaba concentrado en su propia ira.
Fue entonces cuando sonó el teléfono, interrumpiendo sus pensamientos. Era uno de sus informantes, susurrando noticias sobre Susana. Juan escuchó atentamente, la mirada oscura clavada en la pared. Al parecer, habían encontrado a su nieta en un pequeño pueblo del interior del país, en el hospital, dando a luz. Sin perder ni un segundo, Juan cerró su teléfono y se dirigió hacia la puerta, listo para tomar el primer vuelo y llegar al lugar lo antes posible.
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Susana se encontraba en una pequeña habitación del hospital rural, rodeada de paredes de un azul claro desgastado y mobiliario antiguo. La cama de hierro en la que estaba acostada era dura y chirriaba al moverse. Las sábanas blancas estaban manchadas de sangre y sudor. En la esquina, una pequeña ventana dejaba entrar la luz del sol, que se filtraba a través de las cortinas de flores. En ese momento, el sol estaba en su punto más alto, iluminando la habitación con su cálido resplandor.
Susy luchaba contra el dolor, sudando y jadeando. El trabajo de parto era agotador, pero no se rendía: estaba decidida a traer a su bebé al mundo. Finalmente, después de horas de esfuerzo, su bebé nació, un hermoso varón que lloraba fuerte. Susy no podía evitar sentir una oleada de amor y felicidad al verlo por primera vez, pero el dolor y el cansancio la estaban consumiendo. Apenas tenía fuerzas para sostenerlo en sus brazos, pero quería quedarse allí, admirando a su hijo para siempre. Sin embargo, una enfermera se acercó y le quitó al bebé para limpiarlo, dejando a Susy sola con su agotamiento y su alegría.
El tiempo pasó y Susana se sentía atrapada en esa habitación de hospital. Había estado esperando por horas, desesperada por tener a su bebé en brazos y sentir su calor, pero el tiempo parecía estirarse como un chicle, haciéndose interminable.
Las enfermeras intentaban calmarla con palabras suaves y tranquilizadoras, pero Susana sabía que algo andaba mal. Su instinto maternal estaba en alerta máxima, y la angustia comenzó a carcomer su corazón.
Fue entonces cuando lo vio entrar: Juan Del Pino, con la mirada fría como el hielo y una sonrisa torcida que parecía esconder algo siniestro. Susana sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, como si una mano gélida la hubiera tocado.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó Susana con desesperación, porque sabía que aquel hombre despiadado no estaba allí para nada bueno.
—Tu bastardo ya no está en el mundo de los vivientes. Te dije que ibas a pagar muy caro si me desobedecías —soltó con arrogancia—. Esta es mi venganza. ¿Creíste que yo me iba a quedar tan tranquilo después de que me hiciste perder millones de dólares y arruinaste mis negociaciones con los Belmonte? Así que me desquité con tu bastardo, y espero que con esto entiendas que con Juan del Pino nadie se mete y queda ileso.







