—Tú... no hablas en serio, ¿verdad?
Althea suspiró con pesadez y se frotó las sienes; el agotamiento se reflejaba en cada rasgo de su cara. No dejaba de mirar el papel que tenía en la mano, y algo en él era lo suficientemente inquietante como para que la mirada de Chase se afilara con preocupación.
—¿Qué está pasando, Althea? —preguntó él por lo que parecía ser la décima vez—. ¿En serio significo tan poco para ti? ¿Tanto como para no decir ni una palabra antes de entregar una carta de renuncia?