Había estado esperando este momento.
—Señor Daven —la voz llegó acompañada de un golpe en la puerta.
—Adelante.
Era Rio, el mismo hombre que lo había visitado hacía unos meses, quien entraba de nuevo en la oficina con una actitud tensa e incómoda.
—Tome asiento. Póngase cómodo —indicó Daven.
—Gracias.
Rio se sentó con una calma comedida mientras sacaba con cuidado una carpeta de su maletín.
—Aquí tiene, señor —sus ojos reflejaban una confianza silenciosa—. Gracias por confiarme esto.
—Entonces..