El estudio de Don Falcon aún conservaba los restos de una furia que no terminaba de apagarse.
Una copa de cristal yacía hecha añicos en un rincón, con los fragmentos brillando sobre el piso. Alguien había empujado bruscamente una silla fuera de su sitio, y aún persistía un olor denso a alcohol y humo de cigarrillo.
Y, sin embargo, el hombre que había desatado aquella furia parecía completamente tranquilo.
Falcon estaba de pie frente al enorme ventanal, con las manos en los bolsillos. Su traje os