Las ruedas del jet tocaron la pista con una ligera sacudida, lo bastante fuerte como para recorrer el cuerpo debilitado de Naomi. Abrió los ojos despacio y miró por la ventanilla ovalada junto a su asiento.
El cielo había cambiado. Ya no era el blanco pálido sobre las nubes, sino un azul bañado de oro que resplandecía entre las hileras de rascacielos a lo lejos. Portclair.
El nombre de la ciudad todavía le sonaba extraño.
—Ya aterrizamos —dijo Lydia mientras se acomodaba la bufanda—. Espero que