Todo valía la pena por el brillo de sus ojos y por la felicidad que reflejaba su expresión.
—¿Te gusta? —murmuró Cale mientras acariciaba la mejilla sonrojada de Lydia.
Ella hizo un puchero.
—Me gusta... pero parece que a ti no.
—Yo no dije nada. ¿Por qué me acusas de cosas que nunca dije?
Lydia prefirió no discutir; en su lugar dejó asomar una sonrisa. Y por primera vez esa noche, Cale notó algo en ella, algo que le despertó las ganas de quedarse, de seguir mirándola, de no apartar la vista.
—A