Esa mañana transcurrió como de costumbre, o al menos eso parecía.
Riana se acomodó otra vez en la silla con movimientos controlados, pero cualquiera que la conociera bien habría reconocido la verdad. Solo su dignidad la obligaba a contener el enojo. La taza de té que tenía enfrente ya se había enfriado, y Riana no pensaba pedir otra.
Suspiró varias veces.
—Esa mujer se pasó —dijo Riana al fin, en voz baja pero tajante—. Le marqué límites. Le expliqué las reglas. Y los cruzó a propósito.
Nathan s