—Arven, escúchame bien.
La voz de Daven sonaba grave y tajante. El auto negro en el que viajaba avanzaba a toda velocidad por la avenida principal de Solaviz. Tenía que llegar cuanto antes a la sede del Grupo Callister, antes de que la situación se descontrolara más. Dos vehículos de escolta lo flanqueaban al mismo ritmo. Al otro lado del vidrio polarizado, las afueras sombrías y deshabitadas cedían paso a hileras de edificios altos. El centro de la ciudad aún quedaba lejos, pero cada vez estaba