La mañana empezó con una rutina reconfortante. La mesa del desayuno estaba puesta como de costumbre. Las tazas de café y té aún humeaban, el pan tostado estaba bien acomodado y el aroma de la mantequilla y la mermelada llenaba el aire. El suave tintineo de las cucharas contra los platos creaba un ritmo familiar y apacible.
Daven ya estaba listo. Su traje impecable, la corbata en su lugar exacto. Se veía más descansado que la noche anterior, no porque sus problemas hubieran desaparecido, sino por